miércoles, 21 de diciembre de 2016

Aproximación personal a Isaac Asimov





Si se tiene algún interés por el género de la ciencia ficción hay que pasar en algún momento por Isaac Asimov. Otro sería Bradbury o Arthur C Clarke, por supuesto, pero es el autor de origen ruso quien llenó mi corazón y estómago de lector adolescente.

Conocí a Asimov una tarde de compras familiares en un centro comercial a principios de los noventa. En esa época, como ahora, me paraba en cualquier sección de librería y aquella vez conseguí que me compraran un recopilatorio de historias de robots de Isaac Asimov. Ciento noventa y cinco pesetas y una edición delgadita y sudamericana, en papel medio regular. La portada no era especialmente atractiva pero recordaba al autor de la peli Un viaje alucinante. Allí me encontré con las tres leyes de la robótica. Y me quedé prendado.

Después llegaron más antologías y todos los libros que podía pillar en bibliotecas o en librerías de segunda mano. Era una fuente inagotable. Mi protoescritor alucinaba ante tanta producción y despliegue de imaginación. Su mundo de robots me pareció, y me parece, tan real y coherente que parecía contemplar un mundo verdaderamente futurista en sus páginas. Yo, una mente virginal que venía de flipar a tope con Star Wars y los cómics Marvel, me vi asaltado por todo ese poderío y me prometí intentar hacer algo parecido. Empecé a escribir relatos con la misma temática: robots, leyes incumplidas y finales con giro. Quería ser el Asimov español, adolescente e ignorante.  Más tarde descubrí la Fundación y eso fue como un fatality de Mortal Combat directamente. Con el paso del tiempo descubrí que había reinterpretado la caída del Imperio Romano en vertiente cósmica. Pura space opera que yo devoré y glorifiqué. Misterio, intriga, psicohistoria... Lo tenía y lo tiene todo para enredarme en una trama más grande que las propias galaxias y el tiempo. Una epopeya.

Isaac Asimov me ha marcado como lector y escritor. Asimov me ha enseñado a ser ambicioso en las tramas, a planificar, a intentar maravillar al lector. También me ha enseñado que se puede engatusar al lector sin artificios ni sacadas de miembro. Una historia: a contarla y punto. Hacer ameno casi cualquier cosa, entretener, divulgar, remover el interés por lo que hay más allá de la cúpula del cielo. Eso no tiene precio. Eso hace inmortales a los autores más allá de las críticas especializadas.

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