miércoles, 27 de abril de 2016

El valor de los pequeños






Hace un par de días recibí una invitación: ser ponente en una charla sobre Literatura Fantástica en la Feria del Libro de Sevilla. Acepté agradecido y emocionado, como se suele decir. Y me paro a pensar un poco, en un momento de mi vida en que cuesta pararse a pensar, y flipo. Podría usar otra palabra pero creo que la acertada es esa: flipo. Hasta hace nada paseaba por la Feria con mi mujer, me paraba en los puestos, pillaba alguna lectura y veía de reojo a los autores en sus firmas o las actividades.  Ni siquiera me imaginaba en algo así. En esos momentos ni escribía o no tenía intención de publicar.


Y los años pasan y aquí estoy, a las vísperas de una charla. Gracias a Nicasia Recorretúneles podré pasar un rato charlando sobre Literatura Fantástica antes de firmar ejemplares en el stand de Sensei Cómics. Un planazo, vaya.  ¿Pero cómo he llegado aquí?
Después de seis novelas es fácil montarse en la burbuja y subir hacia el Olimpo ilusorio de proporciona las redes sociales. Estar pendiente de las ventas, de las listas de venta, del más todavía de cada publicación; pensar que estás ahí porque lo vales, porque el talento se derrama directamente de la punta de los dedos, directo al teclado. Error.


Para un autor indie/amazon puede ser así. Suele ser un ejército de un solo hombre que se lo guisa y se lo come. Depende de otros para las correcciones, maquetación y portada (no siempre, ojo) y cómo culebrea en los azarosos mares de la venta por uno mismo. Pero un autor “tradicional” como yo es una pieza más, fundamental, en el camino hasta la mesita de noche de un lector. Para que  eso ocurra hace falta alguien que confíe en la novela, que se juegue los cuartos y arriesgue por uno.  Un editor.


La figura del editor se suele asociar a una serie de conceptos que no tienen que ser positivos. Es el “no contigo ni sin ti” para algunos, un mal necesario para otros o una figura innecesaria para algunos. En mi caso: sin un editor sería poco más que nada. Un pululante en redes sociales más. No sé. Si años atrás Marc Gras (por personalizar en uno de ellos) de Tyrannosaurus Books no hubiera apostado por mi locura de Laguna Negra no hubiera pasado de una mala novela metida en un cajón. Y no consiste en decirte: “me encanta tu novela”, consiste en gastarse el dinero en un mecanismo que suele pasar desapercibido: maquetaciones, correcciones, contratos, contactos de prensa, distribuidoras, correos, lecturas, horas y horas de conversaciones con escritores… Telita. ¿Por amor al arte? ¿Por llegar a final de mes? ¿Por enriquecerse?  Si me rechazan una novela, ¿son lo peor? Normalmente el escritor pensará que claro que sí, que están dejando pasar la posibilidad de un éxito. No sé, no quiero ser editor. No me veo capaz. Sólo sé que por ahí hay un grupo de gente que se arriesga su dinero y ponen en el mercado el trabajo de los demás. Y no creo que tengan yate ni le roben a nadie. Son gente a los que seguro que les cuesta llegar a fin de mes. Gente (seguro que me dejo a muchos) como Marc, Carmen Cabello, Nae, David Aliaga, Carles, Ricard, David Blanco, Hugo Camacho o Pako Domínguez. Gente que tiene la loca idea de que los libros merecen seguir editándose pese a todo.


¿Hay editores malo? Claro, como hay escritores malos.  Pero me quedo con el esfuerzo de los buenos, siempre.



El sábado cumpliré un sueño más. Y no lo he cumplido solo. Hoy toca brindar por ellos.

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