miércoles, 21 de diciembre de 2016

Aproximación personal a Isaac Asimov





Si se tiene algún interés por el género de la ciencia ficción hay que pasar en algún momento por Isaac Asimov. Otro sería Bradbury o Arthur C Clarke, por supuesto, pero es el autor de origen ruso quien llenó mi corazón y estómago de lector adolescente.

Conocí a Asimov una tarde de compras familiares en un centro comercial a principios de los noventa. En esa época, como ahora, me paraba en cualquier sección de librería y aquella vez conseguí que me compraran un recopilatorio de historias de robots de Isaac Asimov. Ciento noventa y cinco pesetas y una edición delgadita y sudamericana, en papel medio regular. La portada no era especialmente atractiva pero recordaba al autor de la peli Un viaje alucinante. Allí me encontré con las tres leyes de la robótica. Y me quedé prendado.

Después llegaron más antologías y todos los libros que podía pillar en bibliotecas o en librerías de segunda mano. Era una fuente inagotable. Mi protoescritor alucinaba ante tanta producción y despliegue de imaginación. Su mundo de robots me pareció, y me parece, tan real y coherente que parecía contemplar un mundo verdaderamente futurista en sus páginas. Yo, una mente virginal que venía de flipar a tope con Star Wars y los cómics Marvel, me vi asaltado por todo ese poderío y me prometí intentar hacer algo parecido. Empecé a escribir relatos con la misma temática: robots, leyes incumplidas y finales con giro. Quería ser el Asimov español, adolescente e ignorante.  Más tarde descubrí la Fundación y eso fue como un fatality de Mortal Combat directamente. Con el paso del tiempo descubrí que había reinterpretado la caída del Imperio Romano en vertiente cósmica. Pura space opera que yo devoré y glorifiqué. Misterio, intriga, psicohistoria... Lo tenía y lo tiene todo para enredarme en una trama más grande que las propias galaxias y el tiempo. Una epopeya.

Isaac Asimov me ha marcado como lector y escritor. Asimov me ha enseñado a ser ambicioso en las tramas, a planificar, a intentar maravillar al lector. También me ha enseñado que se puede engatusar al lector sin artificios ni sacadas de miembro. Una historia: a contarla y punto. Hacer ameno casi cualquier cosa, entretener, divulgar, remover el interés por lo que hay más allá de la cúpula del cielo. Eso no tiene precio. Eso hace inmortales a los autores más allá de las críticas especializadas.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Aproximación personal a Stephen King









Personal, subjetiva con algún dato biográfico que importará entre cero y nada. Stephen King: el midas literario de  Maine. Este blog literario y personal debería acercarse al borde del abismo y hablar de esos referentes literarios que me darían cero visitas y una imagen de soplapollas bastante importante. Me imagino diciendo que mis principales referencias son un Bolaño tardío, el islandés Halldór Laxness y me entra la risa floja. Podría hacerlo ya que sólo tengo que hacer dos cosas: buscar en google y mentir. Pero internet está lleno de pedantería; tanta que uno más puede rebasar el vaso y podría generar una implosión que nos dejara a todos más tontos de lo que estamos. Y no quiero eso.

Si tengo, que tampoco existe razón alguna, que retrotraerme a mis lecturas adolescentes se me aparecen con efecto culo de vaso dos rostros: Asimov, otro que caerá más pronto que tarde, y Stephen King. Son dos rostros entre decenas de hombres y mujeres que me han convertido en el monstruo en el que me he convertido. Podría empezar por esa versión acortada de Moby Dick, por las novelas de Stevenson, Salgari o Verne... pero me ha dado por King. Será porque de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda marcar el suelo con dos posturas enfrentadas: odio y amor. Ambos incondicionales.

Hablar de King es hablar de las novelas de bolsillos rojas de Plaza & Janés en un puesto playero. Giraba el expositor y la mente me explotaba con esas portadas minimalistas y la promesa de un horror inmaginable en las contraportadas. ¡Y también había películas de sus libros! Años ochenta y noventa explotando en vuestra cara. King era libro de mayores por temática, sexo y extensión. Eran tochos que bebía como si se tratara de una competición veraniega. Recuerdo empujarme Insomnio y La Tienda en una maratón brutal. Y quería más. Gracias a préstamos pude leer mucho de King. Aprendí a reconocer su voz y a disfrutar con la recurrencia de algunas de sus tramas. Jugaba a adivinar sus tics estructurales y esa forma tan particular de cerrar sus tramas. Un King adicto confeso.

Luego, y pasa con autores como King, llegó el hartazgo. Estaba embuchado, empachado de King. No podía más. Ni una página más durante años. Y llegó internet y la corriente negativista. "Que si King se repite", "que no es un buen autor"... Leía entre conforme y escamado. Y no era por las ventas o el éxito comercial. Una pequeña vocecita me decía: tío, ¿cómo es posible que alguien que ha influenciado a tanta gente sea un mal autor? No cuadra. Pero cualquiera dice nada. Válgame Dios. Si King es un autor pasable con más suerte que talento, lo es y punto.

Pero no. Es más, después de experimentar las mieles y la hiel de la escritura profesional, puedo decir que Stephen King tiene más mérito del que se le da en los circuitos literarios. ¡Ey, esto es una aproximación personal, no te olvides! Vuelvo al concepto voz. ¿Sabes, amable lector, lo que cuesta que cualquier lector te reconozca en una novela? Es un trabajo de estilo y depuración que no tiene precio ni posibilidad de dimensión. Es encontrar el Santo Grial metido en el Arca de la Alianza. Y King lo tiene desde Carrie, chaval o chavala. Y después de decenas de novelas y relatos lo sigue teniendo. Esa es otra: la producción de King es proverbial. ¿Es posible que un director de cine sostenga la misma calidad en, no sé, dos o tres películas? No. Pero en Literatura, y en el caso de King, se le pide acertar en la diana siempre. Si no es así, es un bajonazo o ha perdido el toque. Y es un huevo de producción. 

Otra virtud es la temática: no he encontrado un retrato más profuso, real y a la vez imaginado de la sociedad norteamericana que en sus obras. El terror nunca es el fondo de la trama. Nunca. No va de vampiros, ni de fantasmas, ni de coches encantados... va de una sociedad más allá de las individualidades. Siempre. Buick 8 cuenta cómo un coche es capaz de abrir agujeros dimensionales desde su maletero. Es una de sus obras más criticadas. Un peñazo, según algunos. A mí me gustó porque retrató la pérdida del protagonista a través de un argumento manido y de pura serie Z.

Leer a King produce placer si no es un plato único. No recomiendo a nadie que quiera dedicarse a escribir que se convierta en un clon de King. Por el mero hecho de que es imposible. Muchos lo han intentado y quedan rezagados por la falta de capacidad o por lo que se les ve el percal. Eso sí: de King hay que envidiar su voz, su éxito y su tiempo para escribir. E intentar hacer las cosas cómo se pueda y con esfuerzo. Y a disfrutar de uno de los autores vivos más amados y odiados dentro de la Literatura.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

80000 novedades editoriales al año y un diminuto éxito





Qué fácil es decir "esto da para secuela" o "esto pide más". Es fácil decirlo cuando por casualidad te encuentras con un personaje o una novela que cae en gracia y gusta, más o menos, mayoritariamente. Hombre, es un orgullo y un blowjob para el ego. Con Coburn me ha pasado, y me pasa. Un personaje o una historia que de simple tiene su punto.

Coburn nació en una conversación con Marc Gras, mi editor en Tyrannosaurus Books. ¡¡Cómo molaban las pelis setenteras de justicieros!! O algo así. Coburn no es el justiciero que habíamos imaginado. No es un Charles Bronson que debe vengar la muerte de su familia a manos de una banda de pandilleros del Bronx. Coburn es más el Carter que encarnó Michael Caine: un asesino a sueldo antipático y taxativo. Un tipo desagradable.

¿Pide secuela? ¿Merece la pena saber más de él? Yo creo que sí. Y no lo digo porque sea el autor ya que el cuerpo me pide variar con cada novela; pero me llama el "universo" Coburn. Tan irreal como una producción de serie B. Esos Estados Unidos; ese Nueva York o Los Ángeles, son la representación imaginada de lo que he experimentado como lector o espectador. Moteles, burdeles, depósitos de cadáveres o comisarías... no son las reales; no busco verosimilitud cuando la invención es más divertida. Pero claro, ha sido un éxito. Y a eso quiero ir. ¿Qué es un éxito editorial? Con más de 80000 novedades al año, Coburn es un mísero copo en el alud anual de libros que se editan en España. ¿Qué repercusión ha tenido? Mínima. Una nominación a un premio y reseñas positivas. Y ventas propias del espectro de la editorial. Al menos, la novela salió del ruedo de las redes sociales y llegó a lectores inimaginables hasta ese momento.

Para mí sí merece la pena escribir la secuela, como me ha merecido escribir el cómic que saldrá el año que viene. Por satisfacción propia y para satisfacer al lector. Porque ese tipejo se lo merece después de todo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El que no está no existe



El otro día me preguntaron que qué me pasaba, si había dejado de escribir, que hacía mucho tiempo que no sacaba nada nuevo.

Mi última novela salió en abril, escribo esto en diciembre, y algún relato he publicado en antologías mientras tanto. Pero no cuenta, no estoy, no existo.

Abandonar las redes sociales me ha convertido en un fantasma literario. Soy como esos artistas de segunda que fallecen en el mundo del espectáculo si no están bajo los focos constantemente. Como una vedette de los cabarettes que se toma vacaciones en un teatro de pueblo. El crepúsculo de los dioses en versión escritorzuelo. Me abrazo a los ejemplares de mis novelas y las releo entre sollozos e hipidos. Una nueva/vieja gloria que desaparece hundida en el mar de los escritores. Esa es la imagen que puedo proyectar después de todo. Y, joder, es todo lo contrario.

Unos meses sin sacar novela y ya estoy fuera del mercado. Cierro los perfiles de las redes y no estoy en la pomada. Si no cuento mis logros no los tengo. No sirve de nada escribir en soledad, estudiar y disfrutar de la vida. Profesionalmente estoy porque no exhibo el plumaje, porque "no lo estoy petando" en las redes sociales; porque no hablo de los proyectos y proyectos que se acumulan sobre la mesa, y no rezo a los dioses virtuales que me den más horas del día para poder afrontar todo lo que se me viene encima. Está muy bien estar a tope de power constantemente, como una pulsión o el prurito irremediable del caniche en celo pero yo no puedo más después de seis novelas y mucho tiempo perdido. Un libro en la mesita de noche y tiempo para pensar: eso no cuenta. No es válido. 

Hemos llegado al extremo de la inmediatez. Novelas nuevas cada pocos meses, proyectos brutales cada dos por tres. No se puede echar el freno porque otros te escalan la espalda. Ja. Eso no es ser escritor, ni autor, ni bisoño, ni proyecto de nada. No es posible ser libre sin estar pendiente del ego y de lo que hacen los demás. Después de un tiempo prolongado sin preocuparme de lo que diga el muro de las lamentaciones, las alegrías y las proyecciones, te empiezas a dar cuenta de que se puede currar sin todo eso, que escribir es una pelea personal que no le incumbe a nadie y que el tiempo empleado en debates inanes es tiempo perdido. Siempre.

Mi paz os dejo, mi paz os doy, queridos amigos. Prefiero el deleite de la individualidad del anciano sistema bloguero a la jungla de los mil ojos y las mil lenguas. Mi perfil está abierto por temas editoriales y mis amigos, que los hay y buenos, me tendrán a un mensaje. Para el resto, hasta más ver.


miércoles, 13 de julio de 2016

Exilio




Me abrazo al exilio. Exilio de las redes sociales, del tiempo perdido, de opiniones y chascarrillos bombardeándome el cerebro con una constancia enfermiza. He decidido romper el escaparate de una pedrada y marcharme sin ver los cristales rotos. Me aburro; me satura la exposición continua y el tener que alimentar un personaje. Pasan los meses, los años, y cebo a un fantasma absurdo que no soy yo, que no quiero ser yo.

La profesión no debe ser eso. Escribir no es una carrera de egos o de quejas, de alegría fingidas o reales, de ventanas abiertas permanentemente. Y, lo repetiré más veces, me aburro. Después de unos años a un ritmo increíble no puedo más. Necesito tiempo para leer, para levantar la cabeza del móvil, para divertirme con la gente de carne y hueso. Cero polémicas, debates y opiniones. No quiero saber qué opina todo el mundo sobre el tema de moda, me la pela. Quiero volver atrás tecnológicamente porque me da igual qué le pasa a todo el mundo a todas horas. Ya me cuidaré yo de estar pendiente de mis seres queridos.

Seguiré escribiendo, seguiré con mis rollos y con el blog: un altavoz unidireccional que me es más cómodo.

Me caéis muy bien pero no quiero estar metido en vuestras movidas todo el día. Es la hora de veranear, de ser piel y celulosa.

miércoles, 8 de junio de 2016

La mirada de los mil metros







Escritores noveles, futuribles, bisoños, empujados por el ímpetu incombustible del entusiasmo. ¡La pasión! Empezáis a escribir con la idea en mente de no ser uno de tantos que esconde sus historias en una carpeta del ordenador; tan escondida que es más fácil de encontrar que el historial de navegación que habéis borrado. No. No hay dolor. Esto es como uno de esos cursos de superación personal. ¡Sal de tu zona de confort! ¡Dale caña!

Estás motivado al cien por cien. Tienes una historia y la vas a contar. El infinito es el techo y todo eso. Hasta que te encuentras con el escritor de la mirada de los mil metros, o como se pondría en plan molón: El Escritor de la Mirada de los Mil Metros. 

El escritor de la mirada de los mil metros es fácil de encontrar y fácil de reconocer. Está en las redes sociales, en los blogs, en los cursos de escritura, en persona... Abundan. ¿Y qué es un escritor con la mirada de los mil metros? Es el que (supuestamente) lo ha visto todo, el que está de vuelta, el resabiado, el que se ha comido mucha mierda. Lo que llamaríamos un hater ahora o simplemente un "amargao". Porque sí, amigos, la escritura promete grandes cucharadas repletas de amargura. Y el escritor de la mirada de los mil metros siempre tiene un plato enorme y de fondo insondable que quiere compartir contigo.

Si le cuentas tus proyectos te dirá que publicar está muy difícil y que es imposible conseguirlo sin un padrino. Después te narrará su batalla contra los elementos y cómo lo hizo sólo, cual Leónidas, el último espartano. "Pero ese es un caso excepcional", te dirá. "Algo propio de gente de calidad. Tú no lo conseguirás."

Si le cuentas que acabas de firmar un contrato se rascará el mentón y la ya famosa mirada se encenderá como alumbrada por un foco. Entonces, te dirá que esa editorial es modestita, que no tiene promoción y que ha vendido tu alma por una miseria. Te contará cómo estuvo a punto de petarlo pero que apareció la "mano negra" y todo se fue al garete. Atención: el término "mano negra" va unido al autor de este tipo. La mano negra es importante para él. Es casi una figura entrañable.

Si le dices que eres feliz simplemente escribiendo chasqueará la lengua y te observara como se hace con un niño pequeño que ve Bob Esponja con expresión ausente.  Asentirá y posiblemente te coja del hombro. "Eso está bien, tío. Eso está bien." El escritor de la mirada de los mil metros será feliz porque hay uno menos para chupar de la teta seca del mundo editorial. 

A lo mejor nunca lo habéis conocido o nunca os cruzáis con alguien así. Bien. Enhorabuena. Pero están ahí, agazapados en los teclados o tras un vaso de cerveza. Siempre hay uno. Y si no hay uno, posiblemente tú seas el escritor de la mirada de los mil metros. Tal vez yo lo sea después de todo.



lunes, 6 de junio de 2016

Pozos de ambición





Abres el ordenador con la firme convicción de que te vas a poner a escribir del tirón. No te quieres parar ni en el
correo que no recibe más que notificaciones de spam. Vas a tope. Quieres darle un bocado más a la tarta del éxito literario. Tienes tus libros, tus lectores, tu nombre escrito en la barra de hielo de las redes sociales. Todo depende de ti, de tus tecleos, de tus horas frente a la pantalla juez/jurado/ejecutor del ordenador... ¿Para qué sirve todo esto?

La ambición es un pozo oscuro, un agujero negro eternamente insatisfecho. ¿Se alimenta de ego? ¿De "me gustas"? ¿De reseñas? La ambición es la aguja llena de caballo y el escritor sólo tiene que apretar más la goma alrededor del brazo. Que se note bien la vena. La ambición es un motor potente dentro de un chasis de papel. Una vez que estás montado en el coche y has probado un par de vueltas estás enganchado. Escribes una novela, dos, tres, seis... Y el listón está ahí, pesando más que las ideas o el propio interés por escribir. Una novela al año; proyectos, que te ofrecen. Estar ahí, en la pomada, en las entrevistas. Una más, un poco más. Llenar un currículum que todo el mundo olvida a los tres minutos. Somos muchos y todos somos especiales. Todos tenemos un éxito descomunal y firmamos hasta que se nos agarrotan las manos. Somos la caña. Somos escritores españoles de género. 

La ambición es leer con las gafas empañadas. No sirve si te quieres divertir. Te corroe. Es el Lado Oscuro de la Fuerza. Incluso ante el verdadero éxito la ambición sirve para dejar mal sabor de boca. Es la última pipa rancia que te llevas a la boca sin tener un vaso de agua a mano. Escucho las preguntas: ¿Y ahora qué? ¿Has vendido los derechos de tus libros? ¿Cuándo vas a cambiar de editorial y vas a fichar por una "grande"? Como si importara. Como si mi futuro vital dependiera de todo esto. He escrito y he publicado más de lo que tenía pensado hacer jamás. He llegado más allá de donde quería llegar. Más alto y más rápido de lo soñado. ¿Que qué quiero? Quiero divertirme, escribir cuentos y disfrutar de mis amigos y mi familia. No quiero más.

Seis novelas en menos de tres años es más que suficiente por ahora. Ahora quiero escribir una historia más de Coburn y hacer que el cómic vea la luz. Por mí, porque hay una editorial interesada y porque es la última historia que quiero hacer. Se lo debo a ese cabroncete y se lo debo a un puñado de lectores. Pero no me lo debo a mí. Lo hago por amor al arte. Como siempre ha sido. Salgo del pozo de la ambición sacudiéndome el polvo. Pero salgo.

jueves, 19 de mayo de 2016

El primer personaje




Un amigo me dijo una vez que el primer personaje que tenía que construir un escritor era él mismo. Y después de un tiempo y con algunos años en esto pienso lo mismo. Desde tiempos del Café Gijón los escritores se han disfrazado con los ropajes que mejor han sabido vestir. No tenemos que quedarnos en esta era de selfies y proyección en las redes: Pío Baroja, Ramón del Valle-Inclán, Lorca, Christie, Darío, Bécquer... Todos son una imagen exportada más allá del tiempo. Imágenes, poses, frases y aforismos que se asocian a sus autores y que han trascendido a lo largo de los años.

Y ocurre que queramos o no nos vamos rodeando de un halo, de una manera de expresarnos que nos acompaña en nuestro camino profesional. Incluso el estilo sin estilo es un estilo en sí. El autor desaparecido, el que no aparece en las solapas de sus libros ni en las redes sociales tiene su propia imagen: la del fantasma, la del autor maldito. Y si nos exponemos en las redes sociales la cosa se puede hacer incontrolable. 

Facebook, twitter, páginas web, saraos en persona... exposición continua. Nuestro mensaje termina calando entre post, twitts, audios en podcast o cosas como ésta. El escritor enrollado, el malhumorado, el reivindicativo, el que no se quiere juntar con nadie, el que apoya a todos los colegas, el que vive con la pistola debajo de la almohada, el que revanchista y el olvidado. Quejas en las redes, frases más o menos afortunadas, odios y bendiciones; fotos simpáticas o perfiles en blanco y negro que dan más miedo que interés.

Un trabajo que va más allá del acto de escribir. Es más, se podría decir que esta curro de exposición nos (me) roba tiempo de lo verdaderamente importante. ¿Pesa más la auto promoción o un rato de escritura? ¿Cunde este curro de contactos y simpatías? ¿Hace que vendamos más? Yo no sería conocido o no tendría novelas en el mercado sin haberme dado a conocer en las redes. Lo tengo claro. Quien sale en la foto es el que se lleva el tesoro. Sin socializar todo es más difícil por talento que tengas o por empeño que le pongas. El caso es hacerlo con honradez y sin amargamientos. Conozco caso en los que el escritor me producía tal rechazo en las redes sociales que opté por no comprar nada suyo. ¿Es justo? No lo sé. Lo único que sé es que su primer personaje, él mismo, no me gustó nada.

miércoles, 27 de abril de 2016

El valor de los pequeños






Hace un par de días recibí una invitación: ser ponente en una charla sobre Literatura Fantástica en la Feria del Libro de Sevilla. Acepté agradecido y emocionado, como se suele decir. Y me paro a pensar un poco, en un momento de mi vida en que cuesta pararse a pensar, y flipo. Podría usar otra palabra pero creo que la acertada es esa: flipo. Hasta hace nada paseaba por la Feria con mi mujer, me paraba en los puestos, pillaba alguna lectura y veía de reojo a los autores en sus firmas o las actividades.  Ni siquiera me imaginaba en algo así. En esos momentos ni escribía o no tenía intención de publicar.


Y los años pasan y aquí estoy, a las vísperas de una charla. Gracias a Nicasia Recorretúneles podré pasar un rato charlando sobre Literatura Fantástica antes de firmar ejemplares en el stand de Sensei Cómics. Un planazo, vaya.  ¿Pero cómo he llegado aquí?
Después de seis novelas es fácil montarse en la burbuja y subir hacia el Olimpo ilusorio de proporciona las redes sociales. Estar pendiente de las ventas, de las listas de venta, del más todavía de cada publicación; pensar que estás ahí porque lo vales, porque el talento se derrama directamente de la punta de los dedos, directo al teclado. Error.


Para un autor indie/amazon puede ser así. Suele ser un ejército de un solo hombre que se lo guisa y se lo come. Depende de otros para las correcciones, maquetación y portada (no siempre, ojo) y cómo culebrea en los azarosos mares de la venta por uno mismo. Pero un autor “tradicional” como yo es una pieza más, fundamental, en el camino hasta la mesita de noche de un lector. Para que  eso ocurra hace falta alguien que confíe en la novela, que se juegue los cuartos y arriesgue por uno.  Un editor.


La figura del editor se suele asociar a una serie de conceptos que no tienen que ser positivos. Es el “no contigo ni sin ti” para algunos, un mal necesario para otros o una figura innecesaria para algunos. En mi caso: sin un editor sería poco más que nada. Un pululante en redes sociales más. No sé. Si años atrás Marc Gras (por personalizar en uno de ellos) de Tyrannosaurus Books no hubiera apostado por mi locura de Laguna Negra no hubiera pasado de una mala novela metida en un cajón. Y no consiste en decirte: “me encanta tu novela”, consiste en gastarse el dinero en un mecanismo que suele pasar desapercibido: maquetaciones, correcciones, contratos, contactos de prensa, distribuidoras, correos, lecturas, horas y horas de conversaciones con escritores… Telita. ¿Por amor al arte? ¿Por llegar a final de mes? ¿Por enriquecerse?  Si me rechazan una novela, ¿son lo peor? Normalmente el escritor pensará que claro que sí, que están dejando pasar la posibilidad de un éxito. No sé, no quiero ser editor. No me veo capaz. Sólo sé que por ahí hay un grupo de gente que se arriesga su dinero y ponen en el mercado el trabajo de los demás. Y no creo que tengan yate ni le roben a nadie. Son gente a los que seguro que les cuesta llegar a fin de mes. Gente (seguro que me dejo a muchos) como Marc, Carmen Cabello, Nae, David Aliaga, Carles, Ricard, David Blanco, Hugo Camacho o Pako Domínguez. Gente que tiene la loca idea de que los libros merecen seguir editándose pese a todo.


¿Hay editores malo? Claro, como hay escritores malos.  Pero me quedo con el esfuerzo de los buenos, siempre.



El sábado cumpliré un sueño más. Y no lo he cumplido solo. Hoy toca brindar por ellos.

martes, 19 de abril de 2016

Las cuentas de la vieja del escritor.





El ingenuo autor soñando qué hacer con tanta pasta




El mito del escritor profesional. ¿Es de verdad un mito? Se entiende profesión cuando la actividad se ejerce y por el que se percibe una retribución.  Nos vamos al significado de profesión que nos trae la Real Academia, concretamente a su segunda acepción, para que se veo que no me lo invento

Profesión
Del lat. professio, -ōnis.
1. f. Acción y efecto de profesar.
2. f. Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución.
3. f. Conjunto de personas que ejercen una misma profesión.
4. f. Ceremonia eclesiástica en que alguien profesa en una orden religiosa.


Por lo tanto, en sentido estricto, el escritor profesional es un animal escasísimo y equiparable a los unicornios o los gamusinos. Pero si nos vamos a la realidad, existen. Hay escritores que cobran por su trabajo, pero eso lo trataré un poquito más abajo. Otra cosa es que el escritor sea un profesional. El percal es diferente en ese caso. La profesionalidad deriva de la relación respecto a su obra, la editorial o plataforma con la que trabaje y el lector. Un escritor que es profesional es más abundante que el escritor profesional y es bastante fácil de identificar: su obra y sus acciones hablan por él.  No consiste en fumar en pipa y llevar una chaqueta de pana con coderas; no consiste en saturar las redes sociales con publicidad incesante de sus obras… El escritor profesional se huele, se cata en las páginas de sus libros o se disfruta cuando comparte sus historias en cualquier medio.  A lo mejor no gana un duro con sus novelas pero es un profesional.  Su trabajo habla por él. Y los hay. No digo nombres porque me saltaré alguno; pero los hay. Obviamente esto es subjetivo.  Aquí entran las filias y fobias del lector. 


Y no hace falta que tengan Facebook ni twitter ni nada. He conocido en persona a gente que no tiene usa estas plataformas y he pensado “coño, yo quiero leer algo de este tío”. O después de pillarme una novela a ciegas he querido saber más de ese escritor.


Pero volvamos al vil metal. Dirijo mi mirada hacia la acepción de profesión como actividad remunerada. Porque sí, hay escritores que cobran por su trabajo. Existen. Cobran regalías y liquidaciones. No pagan por publicar. No hacen crowdfoundings ni coediciones. No ponen más que su esfuerzo y talento en las novelas. Pero, ¿qué cobra un escritor? Pues depende. Depende si edita en papel o digital, de su editorial, del contrato que tenga, del número de ejemplares, de la distribución que tenga… Un cúmulo de factores que son ajenos al lector casual, al conocido o los familiares. Voy a poner un ejemplo sobre cuánta pasta se llevaría un escritor que publique en una editorial pequeña. Los números son esclarecedores:


Pongamos que la editorial “Lo Petamos Ediciones” te acepta el manuscrito que has tardado, no sé, dos años en escribir. No saques las gambas de Huelva todavía y búscate una calculadora.  Esa editorial confía en ti y tiene distribución nacional (este tema se tratará en un futuro post) y va a sacar una edición de 500 ejemplares a un PVP de, digamos, 15,95€. Eso son 7975€. Vale. ¿Y cuánto se lleva el escritor? El porcentaje normal es de un 10% del PVP. Por lo tanto tendremos unas ganancias de 797 “leuros”. Menos el 15% de retención a cuenta del IRPF. Eso son… 677,45€. Ciento doce mil pesetas de las de antes.  ¡¡Y eso vendiendo toda la tirada!! Porque a esos 500 ejemplares impresos habrá que quitar las copias de cortesía y las dedicadas a prensa.  Eso, pagadero normalmente al año y sin adelanto. Si cobras adelanto perfecto, pero las cifras son las que son.


Si la tirada es mayor o el porcentaje contractual es diferente sólo tendremos que aplicar el cálculo correspondiente. Y esto son los números que se mueven en el mercado. Con tiradas de cien ejemplares no puede vendernos nadie la moto de que se vive de esto. Las matemáticas son brutales en ese aspecto. Pero, ¿y las grandes? Planeta, el omnívoro Amazon y otras editoriales con fuste y fama... Ese es Valhalla de muchos; el Asgard donde beber hidromiel y reir a carcajada limpia desde las alturas del éxito. Si conocéis alguno me lo presentáis, o me pasáis sus datos fiscales. Uno de los poderes mutantes del escritor es su capacidad para fabular. Y si el escritor es español y habla de dinero más fabuloso es todo lo que cuente.


Así que, mi querido aspirante a escritor, escritor o persona que pasa por aquí y cree que los escritores nos llevamos una pasta… No. No es así. El escritor que moviéndose en editoriales pequeñas dice que come de esto que me lo explique porque las cuentas no salen. O el plato de comida se lo pone su madre o su pareja o vive con muy, muy poco. Yo sé muy bien lo que facturo.



A lo mejor ser profesional es esto. No inventar rollos y ser consecuente con el mundo editorial que nos rodea. Creo que el mismo interés tiene el autor que el editor en petarlo y en crujir el mercado.  Yo no vivo de esto, no pago facturas con mis novelas ni espero hacerlo. Nadie va a hacer una peli con nada de lo que he escrito. Ser profesional es saber que vendes doscientos ejemplares y convivir con ello porque, joder, estamos haciendo lo que nos gusta, ¿no? Si Tyrannosaurus Books o Petamiento Ediciones me pone un contrato con un delante de varios ceros y una edición de miles de ejemplares estaré pegando botes y con el bolsillo más lleno. Mientras, a contar la batalla cómo es y no cómo soñamos que sea. 

lunes, 18 de abril de 2016

Más nombres que Satán






Atención que largo un post coñazo/egomaníaco. 

Más nombres que Satán. Me hizo gracia la frase que usó alguien después de conocerse que he usado un pseudónimo más en dos novelas: las novelizaciones de las películas “La noche de los muertos vivientes” y “Noche silenciosa, noche sangrienta”, ambas publicadas por Tyrannosaurus Books.

Pero, ¿qué sentido tiene usar pseudónimo? Ya lo hice con “El hombre spam” con el sosias Talbot Torrance; una novela de ciencia ficción que se rozó en fecha de lanzamiento con “Laguna Negra”. Dos novelas de un autor novel con menos de dos meses de diferencia, mucha tela en un mundo editorial más que saturado. Lo que era una maniobra comercial también significó un juego de identidades que cuadraba con el género de la novela y cierto distanciamiento respecto a su recorrido.

Con las novelizaciones cinematográficas había matices diferentes relacionados con mi producción literaria y con el target y objetivos de esta serie de novelas.  La línea de novelizaciones de Tyrannosaurus surgió por un interés de llevar a papel clásicos (conocidos o de culto) del género de terror con derechos disponibles para hacerlo.  Novelas en formato bolsillo americano, de tapa blanda. Manejables y con una extensión no superior a las ciento cincuenta páginas. Un formato chulo, con un diseño llamativo: algo impactante y que recordara esas lecturas de verano de consumo fácil. La idea es poderosa y el público parece que responde a la llamada gracias a un precio económico e historias llamativas.


Mi llegada a esta línea editorial fue a través de Marc Gras. Me ofreció la oportunidad de adaptar estas historias dado que mi forma de escribir podría casar con el formato breve y ligado a una narración visual. En aquella época estaba tenía “Laguna Negra” y “El hombre spam” recién publicadas y “La noche de los muertos vivientes” se editaría en ebook a los pocos meses. ¿Otro libro en menos de seis meses? Mejor un pseudónimo. Un nombre anglosajón que pegaba más que el mío para una adaptación de la obra seminal del género zombi en el cine.





Y así nació Declan Sinnot . Autor bestseller de novelizaciones. Un experto en novelettes totalmente desconocido. Un nombre en una portada. Uno más entre tantos y tantos autores que inundan las estanterías de las librerías.  Yo dejé en paz a Declan cuando la novela salió a la luz en ebook y un año después de papel. Allá él, allá el libro. Miraba de reojo sus resultados y sus reseñas porque un hijo, por bastardo que sea, no deja de quererse. Escribí “La noche de los muertos vivientes” en apenas dos meses, llevado por el interés por mejorar mi estilo y con respeto hacia una obra que es un clásico.  Y estoy orgulloso de estas cien páginas en blanco y negro.

Un año más tarde, justo después de acabar la escritura de Coburn, tuve un hueco para hacer “Noche silenciosa, noche sangrienta”.  Volvía Declan al mercado por coherencia con la colección y para no desvelar una broma de la que yo disfrutaba mucho. Un alter ego libre y artesano, con un referente marcado, y la sensación de ser un mercenario literario, un “negro” de mí mismo. Trabajar con una fecha concreta; una deadline fijada.

Seis novelas, la sexta verá la luz dentro de muy poco, tres a mi nombre y tres con dos pseudónimos diferentes.  El frenesí de la publicación se ha apaciguado y sólo me queda el interés por las historias y el estilo. Da igual el nombre cuando hay oportunidades de que lo que hago vea la luz; da igual el ego cuando nadie se acuerde de mis obras, cuando no pase a la posteridad, cuando esto se hace por diversión.

domingo, 17 de abril de 2016

¿Esto es necesario?


Típica y tópica foto de AUTOR

Móntate una web de autor. Me lo repite un antiguo editor y compañero de cuitas. Hazte un web de autor con su dominio, su punto com y todos sus avíos. Pero me da pereza; una de esas perezas infinitas que congelan mi interés por darle de comer a otra criatura que no se alimenta de otra cosa que no sea ego. Ego puro, nada de destilado, de ese que crece en el fondo del pecho y sale a borbotones como una vomitona de borracho. Después de diez años con un blog abro otro centrado en mi faceta literaria. ¿Es necesario? Ni yo lo sé.

   Este mundo, me refiero al literario y a su relación con las redes sociales e internet, es un escaparate donde los disfraces, las poses y los personajes están a la orden de día. El lector, o simplemente el seguidor de tus andanzas, pide conocer más de uno mismo; y si te dedicas a escribir es necesario dar algo de uno mismo. Aunque sea una fábula bien argumentada.

   Yo mismo soy un personaje. Uno más vívido que los que se retuercen en mis novelas pero un personaje al fin y al cabo. El Autor, el Escritor, no es la persona. Es un negro sobre blanco más y algunas fotos que ilustran la realidad que permito que se filtre en la red de redes. Y aquí tenemos otra brecha de este personaje que os escribe. Una ventana con los cristales sucios y las cortinas raídas; un espejo donde me miro con la mejor de mis sonrisas de autosuficiencia mientras doy información que tal vez nadie quiere leer.

  Porque hay que recordar, señores escritores, señores editores, señores lectores, que todo el mundo escribe. Y yo soy solamente uno más.